Bajo el mismo territorio.

En el siglo VIII, en época del Al- Ándalus, exitieron ciudades donde la amalgama de culturas y religiones cohabitaron bien y mal según circunstancias y necesidades.

Los judios recibieron, con gran desahogo, a sus nuevos pobladores, los musulmanes; pues los anteriores, visigodos, no les otorgaban ni los privilegios, ni las concesiones oportunas para una compasiva convivencia.

Los mozárabes, cristianos sometidos al nuevo poder musulmán teniendo sus antecedentes en otras conquistas de territorios, antes cristianos de Túnez y Egipto, se les otorgó el poder mantener su religión, sus costumbres así como conservar su organización política y judicial, pero siempre bajo la contribución de un impuesto especial, el conocimiento del árabe y el respeto a los preceptos del Islam.

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Su organización fue tan buena que muchos de ellos formaron parte de los soldadados del emir e incluso algunos tuvieron harenes.

Los muladíes, importantes pobladores, fueron los cristianos conversos al Islam. Ellos jugaron un papel notable en la Córdoba califal llevando a cabo la Rebelión del Arrabal a finales del siglo VIII y de la que luego hablaremos.

Sus derechos fueron los mismos que los de los musulmanes pero, a diferencia de ellos, constituían una minoría que vivía en zonas separadas y en comunidades, siendo artesanos de la cerámica la gran mayoría de esta población.

A principios del siglo VIII su sumisión estuvo intacta hasta la segunda y tercera generación (s. IX) en la que pidieron mayor autonomía y nuevos repartos de poder.

Esto desencadenó diversos conflictos hacia los emires Omeyas desde Mérida, Toledo… hasta la propia capital califal, Córdoba.

Su ímpetu y fuerza creció al verse apoyados también por los alfaquíes que veían muy relajada la ley coránica en el Al- Ándalus a diferencia de otros territorios orientales. Y es que, a finales del siglo VIII, existían fiestas literarias en las que se bebía vino estando el pueblo en contra de esta manera de actuar y mofándose del rey con exclamaciones como… “¡borracho ven a rezar!”, dirigida a AlHakén I.

Durante la Rebelión del Arrabal (año 805 aprox.), anteriormente nombrada, la población fue arrasada y el barrio -al sur del Rio Grande. (Guadalquivir)de la ciudad de Córdoba, aplastada por parte de los soldados del emir que veían impasibles como los muladíes querían penetrar las murallas y subir al palacio.

Numerosos muertos y decenas de expulsados dieron lugar a la primera diáspora andalusí.

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Las crónicas hablaron de 18.000 cordobeses obligados a emigrar, 8.000 deportados al Magreb -muchos de ellos fundaron el barrio de los andaluces en la ciudad de Fez- y otros tantos marcharon a ciudades cristianas siendo bienvenidos por su ayuda a la repoblación De nuevos territorios conquistados.

El momento de máximo esplendor cordobés fue en el siglo X con el califa Omeya Abderraman III, donde la economía era pugante, la cultura brillaba y se admitían nuevas formas de protocolo, juegos (como el ajedrez), o enseres como las vajillas introducidas por el poeta exiliado persa, Ziryab.

Con la muerte del general Almanzor y la caída de Hisham II el califato perece, y con él, el resurgir de 25 estados soberanos en la Península. Los reinos de Taifas.

En 1085 Toledo fue conquistada por el rey castellano Alfonso VI y con esta adhesión a los territorios castellanos, la figura de un nueva población. Los mudéjares, teniendo sus antecedentes en territorios aragoneses del sur que sufrieron las reconquistas cristianas.

Estos nuevos ciudadanos fueron lo contrario que los mozárabes. Musulmanes sometidos en territorios cristianos a los que se les permitían mantener sus tradiciones, sus vestimentas y sus estilos de vida pero bajo duros impuestos especiales.

En Granada, sus tributos fueron recogidos por el III y IV Conde de Tendilla y usados para la construcción del Palacio de Carlos V, el Pilar del mismo nombre y la Puerta de las Granadas entre otros monumentos.

 

Fuente: programa de TVE2 “Andalusíes, mudéjares y moriscos”, 2013.

 


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