¿Cómo debe interpretarse un cuadro religioso?

Para hacer una correcta lectura de cualquier obra de arte, el intérprete del patrimonio debe primero reconocer a los personajes y darles sentido dentro de la escena. Si el especialista sabe también: autor, año de realización y espacio para la que estuvo hecha la obra, la explicación de la misma será más rica y posiblemente, estará mejor contextualizada.

En esta entrada vamos a escoger una. La seleccionada es la pintura del granadino Alonso Cano, La Sagrada Familia pintada entre 1653 y 1657 para el convento, ya desaparecido, del Ángel Custodio. Convento realizado también por el mismo artista para la orden franciscana femenina y que actualmente es la Fiscalía Superior Andaluza, la Provincial y la Escuela de Fiscales de Granada. Esta obra hoy, de 246×201, podemos admirarla en el interior de nuestra iglesia Catedral.

Comencemos con la explicación del cuadro, yendo de los datos generales a los más concretos:

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Se trata de un óleo sobre lienzo pintado por el artista Alonso Cano. Es una de las obras enmarcadas en el Barroco español. En ella podemos observar tres figuras principales: San José, la Virgen Maria y el niño Jesús, por lo que se trata de una obra de estilo religioso.

Los personajes son reconocibles por su iconografía y apariencia como es el rostro barbado de San José, el velo de la Virgen, los angelotes que rodean la escena y el Espíritu Santo escenificado en la representación de la paloma blanca. Los padres y el hijo representan la idea de la sagrada familia.

La imagen del niño Jesús, en brazos de su padre, es muy significativa. San José toma una gran importancia en la vida conventual, pues su ejemplo debe de ser seguido por el mundo religioso claustral. Su vida es tomada como modelo de castidad, pobreza, obediencia, silencio… (no debemos olvidar que en la Biblia no existe ni una sóla palabra dicha por el santo). Esta obra fue pintada para en interior de un convento por lo que su significación adquiere mayor importancia. Su rostro es idéntico al de Jesús adulto ofreciéndonos un aspecto familiar, ofreciéndoselo antaño a las monjas.

Por otro lado debemos fijarnos en la postura del niño Jesús. Está en posición de cruz mirando a su madre, jugueteando con ella pidiéndole atención. Se trata de un Jesús premonitorio y que sirve de nexo entre ambos personajes adultos. Normalmente este niño es representado sin ropa, tan sólo con un fino paño blanco tal y como volverá a representarse en la cruz siendo, en ese momento, Cristo.

La Virgen a sus pies, levanta suavemente la mano. Reconoce a su hijo y lo mira con pena. La misma que luego sufrirá cuando Jesús sea crucificado, muerto y sepultado. En esa empatía San José mira a la Virgen. Existe un diálogo de gestos que le dan a la obra un halo de melancolía y sombra, potenciado por los colores oscuros que además tiene la pintura. Sobre sale el rojo de su vestido, color que debe ser interpretado como la sangre, la humanidad de la Virgen. La divinidad de ella es a su vez representada por el color azul del cielo en su manto y el blanco de la pureza en su velo.

En la parte superior del lienzo, ángeles rodean la escena y dos de ellos juegan con una corona de flores que parecen querer posar sobre el niño Jesús. Flores en vez de espinas.

A nuestra izquierda, en la parte más alta, el cielo se abre, aportando luz a la escena y desde ahí el Espíritu Santo crea una diagonal entre todos los personajes.

La obra se representa en un espacio doméstico, familiar.  Un convento debe ser ese espacio.

La ventana crea ese binomio entre dentro y fuera y las azucenas, que aparecen en un segundo plano, y que forman parte del bastón de San José, dan sintonía de pureza y virginalidad.

 

La idea del barroco es crear constrastes de luz y oscuridad. El tenebrismo es propio de este estilo y su máximo exponente fue Caravaggio.

María Teresa Hontoria.
Dra. Historia del Arte
Intérprete del Patrimonio

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