Miguel Ángel en Granada. La gran influencia del Moisés.

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El Moisés de Miguel Ángel. Fotografía: María Teresa Hontoria.

Esta fastuosa escultura se encuentra en Roma, concretamente en la iglesia de San Pietro in Vincoli no muy lejos del Coliseo.

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San Pietro in Vincoli. Fotografía: Stefano Mauro.

Su planta basilical paleocristiana fue consagrada en el año 439 para custodiar una de las reliquias más importantes de la cristiandad: las cadenas con las que apresaron a San Pedro cuando fue martirizado cerca del Vaticano en época de Nerón.

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Cadenas de San Pedro en la iglesia de San Pietro in Vincoli, Roma. Fotografía: María Teresa Hontoria.

Francesco y Guliano della Rovere fueron, en el Quattrocento romano, los cardenales titulares de esta admirable iglesia. Luego, convertidos en Papas, Sixto IV y Julio II, fueron los encargados de dotar al monumento religioso su aspecto actual.

Pero sin duda, el monumento estrella de este majestuoso espacio es la escultura de Miguel Ángel, su Moisés.

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El Moisés de Miguel Ángel. Fotografía: María Teresa Hontoria.

El encargo fue pedido por Julio II. Un Papa de gran temperamento y con fama de emprender descomunales empresas.

Julio II, movido por la idea de devolver a Roma su esplendor de antaño, hizo que se convirtiera en uno de los más importantes mecenas y Papas soldados que jamás había tenido la capital italiana. Tanto fue así que, a principios del siglo XVI, Roma le había quitado la supremacía de ciudad del Renacimiento a Florencia y por tanto, a la familia Medici. Para ello mandó llamar a Miguel Ángel.

Este Papa conocía bien la obra del escultor, pues éste ya había realizado el David y la Piedad años atrás; de modo que un año después de llegar al Vaticano, en 1504, lo convocó para pedirle la realización de su sepulcro.

La idea era extraordinaria. A diferencia de lo que se conocía, un sepulcro pegado a una pared, ésta era un proyecto exento de diez metros de largo, tres pisos de alto, cuatro caras y suntuosas esculturas para estar ubicada en el centro de la basílica de San Pedro en el Vaticano, sobre la tumba del mismísimo apóstol.

Un proyecto soberbio que ilusionó mucho al joven escultor que pasó en las canteras de Carrara ocho meses seguidos buscando los mejores mármoles. Su idea era traer a Roma un enorme bloque para tallar, de una sola pieza, todo el monumento.

Sus desavenencias con el Papa, debido a que éste estaba enfrascado en la nueva iglesia de San Pedro del Vaticano y no atendía al escultor, hizo que Miguel Ángel se enfadara y viajara para refugiarse a Florencia dejando el proyecto abandonado.

Un año le costó a Julio II que Miguel Ángel volviera y para ello le encargó las pinturas de la bóveda de la Capilla Sixtina aunque Miguel Ángel siempre reconoció su vena de escultor y no la de pintor.

Aún así accedió al nuevo encargo que realizó entre 1508 y 1512.

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Bóvedas de la Capilla Sixtina. Fotografía: María Teresa Hontoria.

Tras la muerte del Papa, en 1513, Miguel Ángel retomó el proyecto de sepulcro pero de una forma mucho más humilde.

Esta obra, debido a la falta de solvencia económica de los herederos, así como de las incomprensiones del proyecto inicial, hicieron que la obra tardara cuarenta años y que, finalmente, no se colocara en el Vaticano sino que se ubicara en esta iglesia donde el Papa había sido titular.

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Sepulcro de Julio II. San Pietro in Vincoli. Fotografía: María Teresa Hontoria. Llamado por su escultor “La tragedia del Sepulcro”.

Tan sólo la escultura central es enteramente obra de Miguel Ángel. El Moisés, sin duda una de las mejores esculturas de la historia del arte que muchos consideran la más bella  realizada jamás por el hombre. Tanto fue así que incluso, en vida del escultor, ya se formaban colas para poder contemplarla.

Moisés aparece representado de una manera solemne y enérgica, tal y como lo fue el caracter emprendedor y difícil del Papa Julio II. Vida activa y vida contemplativa unidas en un único momento.

El personaje del Antiguo Testamento y libertador de su pueblo, era el dignatario idóneo para recrear el talante y la persona de Julio II.

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Fotografía: María Teresa Hontoria.

El profeta es representado en el instante en el que bajó del Sinaí con las tablas de la Ley y se encontró, después de cuarenta días, a su pueblo adorando un becerro de oro. Ese momento de furia es el instante escogido por Miguel Ángel y que nosotros podemos contemplar, sobre todo, en sus ojos.

Moisés gira la cabeza y frunce el ceño tras la esperpéntica visión de los judíos, el pueblo que ha salvado de la esclavitud de Egipto, celebrando una fiesta pagana. Su tensión corporal es sublime, la rotundidad de su cuerpo, -a pesar de la edad que dice la Biblia (noventa años)-, muy común en las figuras de Miguel Ángel, se tensan en señal de ira y dolor. Con un gesto nervioso se mesa la barba mientras bajo el brazo contrario lleva los Diez Mandamientos.

Esa terribilità, marca inequívoca de Miguel Ángel, refleja la tensión controlada del cuerpo con la iniciación de la acción que se denota en las piernas. Una de ellas, más adelantada que la otra,  expresa esa necesitad de levantarse de su trono de mármol y romper las tablas del Ley como cuenta el relato bíblico.

Nos dice el Antiguo Testamento que cuando Moisés hablaba con Yahvé en el monte Sinaí, al volver al campamento, su rostro relucía tanto que deslumbraba. Parte de ese fulgor fue representado por Miguel Ángel con esas dos protuberancias en la cabeza. Propio del fuego divino.

Sus enormes manos, su larga barba, sus ropajes, su musculatura, su actitud, su carisma… contribuyen a realzar la sensación de grandeza y majestad. Es justo lo que buscaba el escultor: desnudar el alma a través del cuerpo.

Terminando con el grupo monumental,  comentar que las esculturas femeninas contrastan con la rotundidad del profeta. Ambas fueron iniciadas por Miguel Ángel y terminadas por uno de sus discípulos. Representan a las hermanas Lía y Raquel, hermanas de Jacob y madres de los doce pueblos de Israel. Ellas completan lo que se hablaba antes de la figura de Moisés. La de nuestra izquierda es Raquel, la favorita de Jacob, que representa la vida contemplativa y Lía, vestida con ricos ropajes, interpreta la vida activa.

La idea de los Atlantes no es original del proyecto donde ahí iban los “esclavos”, hoy en Florencia.

La tumba de Julio II, en la parte superior, es muy curiosa. Aparece recostado y esa postura, un poco indecorosa para la figura de un Papa, es influencia de las tumbas etruscas muy propias de la zona de la Toscana donde Miguel Ángel había nacido. Simboliza la idea de resurrección… como si se incorporara del sueño de la muerte.

La esencia de Miguel Ángel en sus obras fue tomada por sus discípulos. Esa impronta y esa gran influencia que supuso esta maravillosa escultura fue adoptada por Fancelli; hoy podemos contemplarla en las esculturas que conforman el apostolado y que decoran la parte inferior del túmulo de los Reyes Católicos en la Capilla Real de Granada. Una obra maestra de la que emergió otra obra maestra.

 

María Teresa Hontoria

Dra. Historia del Arte

Directora de GranadaSingular


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