La Virgen del Lucero, el Alonso Cano más tierno.

En el 2017 se cumplieron los 350 años del fallecimiento en Granada de uno de nuestros artistas más insignes e importantes del barroco español, Alonso Cano Almansa.

La Virgen del Lucero, 1645-1652. Alonso Cano.

Granada, en estos meses, se ha colmado de visitas, conferencias y artículos sobre su vida y obra pero hay una de ellas que actualmente requiere mi atención de una forma especial. Ésta es el óleo sobre lienzo titulado, La Virgen del Lucero; una obra que realizó el artista entre 1645 y 1652, cuando contaba con, aproximadamente, 20 años de edad. 

La autoría de dicha obra, propiedad del Museo del Prado, fue puesta en duda por el estudioso del artista, Harold W. Wethey que dijo que La Virgen del Lucero era una versión secundaria de la obra La Virgen con el Niño del mismo autor.

La Virgen con el Niño, 1645-1652. Alonso Cano.

Posteriores trabajos e investigaciones, a base de radiografías, han dado testimonio de que ambas obras fueron pintadas por Alonso Cano casi a la vez y que pudieran haberse pintado en Madrid por un análisis en la preparación del lienzo. 

Sea como fuere, el cuadro de La Virgen del Lucero hoy podemos admirarlo en nuestro museo de Bellas Artes donde está desde 1958 depositado allí por la pinacoteca madrileña.

A lo largo de la historia del arte, muchos han sido los pintores que han plasmado esta composición tan maternal de María con su hijo. Desde el Románico hasta el Barroco y más allá, esta iconografía ha estado representada de manera casi mecánica y es que el abrazo de la virgen María hacia Jesús ha ofrecido siempre mucha ternura para quien lo viera o comprara.

Cuando al final de la Edad Media se produjo un cambio en la mentalidad de la sociedad donde Dios pasó de ser severo a ser clemente y la luz y la misericordia pasaron a un primer plano, María, la madre de todos, se convirtió en dulzura, cercanía y humanidad. Ante este movimiento circunstancial, el arte y sus máximas expresiones, también cambiaron y de una virgen lejana y sin calidez, se pasó a todo lo contrario.

Virgen con Niño, siglo XII (Lérida) / Virgen Blanca, siglo XIV (Toledo)

En La Virgen del Lucero, Cano representa una virgen armónica y pura, de ahí la juventud que desprende. Una Virgen con el pelo al aire, ondulado, sin velo, con túnica y manto y éstos con los típicos colores -rojo y azul- de los que ya habló Francisco Pacheco, su maestro en Sevilla, para simbolizar la humanidad y la divinidad en un mismo ser.

Alonso Cano se desprende de los atributos místicos, como es el halo de santidad, para recrear a una mujer “sin más”; pero en cambio, reconocible por todos. Esa característica se muestra en la única estrella que aparece representada sobre ella, iluminándola, guardándola, velándola… la luz divina, el lucero. Un lucero que también tiene en su regazo.

Una esfera de luz que la diferencia del resto de mujeres. Una estrella que Cano figura redonda y sin puntas y que usará en otras muchas obras.

La madre mira a su hijo con una mezcla de melosidad y tristeza, un hijo que le devuelve una mirada dócil y llena de bondad. Jesús, en sus brazos, y sobre sus piernas abiertas, está semi desnudo y relajado, deja caer uno de sus brazos mientras que el otro queda apoyado sobre su pecho del que sólo vemos los dedos de su mano. Un cerco sutil, y de pinceladas claras rodeando su cabeza, nos demuestran su deidad. 

Esta iconografía no difiere en las composiciones que se realizarán de Jesús y su madre en el momento del descendimiento. Las imágenes de la Piedad son estructuras idénticas pero con la diferencia del tiempo entre ellas. De ahí que en la obra de Cano, la atmósfera gris y esa pesadumbre afligida de la madre sea, de alguna manera, premonitoria.

La escena muy simplificada, la compone un paisaje seco, de aire plateado y fondo vaporoso; posiblemente fuera el descanso de ambos en su camino a Egipto y nuestra mirada la de San José.

En esta joven obra del maestro, vemos los pliegues en los ropajes tan característicos de él al igual que su pincelada y su uso delicado del color. Como creador de tipos, sus obras casi siempre son de uno o dos personajes y sus formas ovaladas y refinadas. Nada que ver con el carácter temperamental del que presumió.

Si nos detenemos en su posible antecedente, nuestra mirada se va al grabado de Durero pero con una maestría diferente al igual que el aire de la escena nos recuerda la obra de Velázquez al que conoció en Sevilla y con el que coincidió en Madrid.

Virgen con el Niño, 1520. Alberto Durero.

Cano como siempre maestro de maestros. Creador de la belleza a través de la mirada, iniciador de la belleza abstracta, del esquema geométrico y de la pintura refinada.

 

María Teresa Hontoria. Directora de GranadaSingular. Dra. Historia del Arte. 

 

 


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