La vida en los conventos. Granada y las órdenes mendicantes.

Nuestras visitas se basan, sobre todo, en conocer, a través de los testimonios conventuales que nos dejaron, la vida interna de las órdenes mendicantes que surgieron a lo largo de la Edad Media, especialmente las fundaciones granadinas. Órdenes regulares que a partir del siglo XV, y con la llegada a la ciudad, su estilo de vida cambió convirtiéndose en órdenes más cómodas, flexibles… perdiendo, muchas de ellas, sus valores de antaño.

Esta pérdida de la regla y adaptación a las urbes crearon un cisma insalvable entre algunas de las congregaciones que establecieron una separación entre la órdenes “calzadas” y las “descalzas”; pues aunque, entre otros aspectos, se imponía la pobreza estricta, tanto individual como común, pronto la acomodación se impuso y en el caso de la orden descalza agustina, denominada como orden Recoleta, los conventos no se conformaron con poseer huertas anexas sino que ampliaron sus haciendas agropecuarias para su sostenimiento más allá de sus lindes.

En Granada la orden agustina tuvo espacios rurales en Monachil aunque durante el primer tercio del s. XVIII, sus ingresos no fueron suficientes para mantener a la comunidad y a duras penas cubrían lo ordinario.

Cuando entramos a un convento, o a un antiguo convento, es fundamental conocer algo de la orden que vamos a visitar para entender la disposición de los espacios así como la iconografía que nos vamos a encontrar a nuestro paso, profundizando en la vida interna de la provincia para interpretar ese patrimonio que tenemos delante nuestra. Esa vida comunitaria se basa en dos pilares fundamentales: oración y estudio.

La oración era casi contínua y tenía, y tiene, el objetivo de que el fraile o la monja no se dejara llevar por los pecados y deseos mundanos, irrumpiendo su pensamiento con una pequeña o larga oración que cortaba esa reflexión y evitaba males mayores. La oración era el centro de la vida de un convento. En la congregacion agustina recoleta, por ejemplo, el primer acto del día eran los maitines y las laudes a media noche. A las cinco de la mañana o a las seis (horario de verano o de invierno) comenzaban las horas menores con la prima y la tercia primero y con la sexta y la nona después. Entre medias de estas horas se celebraban las “misas privadas”. La oración de la tarde se repartía entre las vísperas, al mediodía y la oración mental que era a media tarde. Las completas terminaban con la tarde noche. Alrededor de seis horas al día lo pasaban rezando aunque luego había excepciones, pues los lectores o predicadores estaban exentos de algunos de estos actos litúrgicos.

La hora de rezar maitines suponía una carga por lo que cayó en desuso durante el s. XVIII siendo obligada su oración sólo en las casas de observancia, de modo que en el convento masculino recoleto de Granada (Nuestra Señora del Loreto), hoy desaparecido, se rezaban maitines a media noche.

Hoy podemos conocer parte de su historia y profundizar en la segunda orden, la femenina de las Agustinas Recoletas en Granada, en la visita a su antigua iglesia conventual, actual iglesia parroquial de la Magdalena, que estamos realizando, aparte de las visitas al antiguo convento franciscano de Granada, Casa Grande (primera orden regular mendicante y hospitalaria fundada en 1211).


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